Meritocracia irreal

Cuando despertaron todavía estaban allí, con la mirada clavada. Con una sensación más agria que dulce. Lo peor, brillaban con orgullo. Aquellos dígitos eran ajenos a la transparencia de la realidad, el marcador vislumbraba la primera derrota de Ramis en el Juegos Mediterráneos, inmerecida. El sistema está claro, las leyes hablan el lema del gol. Los méritos no redactan las líneas del futuro, tampoco las del presente. En fútbol no. Nunca. Jamás.

Merecimiento, una pantomima prestada a servir como consuelo. Una excusa para apaciguar las derrotas con una dosis de impotencia. La UD Almería se presentó ante su público con la posibilidad de dejar a tres puntos el descenso. Un partido donde los aficionados elevaron el censo de la primera jornada de liga, el mayor registro hasta el domingo. Reunidos presenciaron el juego del balón, desprendiendo ilusión. Durante el transcurso del encuentro aumentó la desesperación.

Numerosos argumentos intentan explicar lo que aconteció contra el equipo pucelano. Tópicos que se repiten en cualquier debate. Llorar es el principal. Cualquiera que viese el partido pone luz a los hechos. Precisamente ellos, lejos de humedecer el lagrimal, seguirán firmes. Creyendo. Estamos en el mejor momento de la presente campaña. Señores, es fútbol, la meritocracia no existe. No existe ahora y no existirá nunca.

Ganar, la medicina que todo parece curar no fue tomada ante el Valladolid. Eso sí, todavía existen las segundas oportunidades esta temporada. La primera estaba ahí. Se esfumó. Lo hizo tras el fatídico error de Borja Fernández. Ese momento cambió la dinámica del partido. Después de todo, una de arena puede llegar a pesar más que muchas de cal. Sin resignarse se buscó la debida recompensa, cuanto menos puntuar. Con el pitido final se encontró la meritocracia irreal.

12/05/2017