Un estadio congelado

Llevo muchos años, casi dos décadas, sentándome con casi religiosidad en mi butaca con el objetivo de ver al Almería, a ser posible, ganar. Siempre me llamó la atención que este estadio, con sus más y sus menos, tenía el ruido como telón de fondo. Es verdad que no había una animación organizada. Que faltaba cultura futbolística o que no se respiraba ese sabor añejo a fútbol de antes. Pero había ruido.

Tuve la mala suerte de presenciar aquel partido que el Almería tiró a la basura en Getafe, en ese magnífico primer año en lo más alto con Emery. Allí, en el Alfonso Pérez, el equipo almeriense pudo, si hubiese querido, meter la cabeza en competición europea. En cualquier caso, lo que más me llamó la atención, es que en Getafe había menos alma que en Almería. Me congratulé. Allí, ni se coreaban los nombres de los jugadores cuando eran anunciados por megafonía.

El sábado llegué con la hora justa al Mediterráneo. Cuando paseaba por la falda del estadio, se anunciaban las alineaciones por los altavoces. Nada, no se oía nada. Ni un bien, ni un coreo. Era una tumba en la que había varias miles de personas. Somos lo que nunca creí que podíamos ser. Y, lo peor, es que lo comprendo.

Alejandro Asensio
Alejandro es maestro de Educación Física con una enorme vocación periodística. También colabora en Radio Marca Almería y Diario UDA.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *